NO ES UN ADIÓS

¡Buenas! Hoy es mi último día en ITA. Llevo tanto tiempo esperando que llegara este día! Lo he soñado un millón de veces, pero nunca pensé que llegaría.

Nunca pensé que llegaría el día en el que me levantaría con ganas de luchar, con ganas de comerme el mundo, y todo lo que se me pusiera delante. Con ganas de aprender, caer, levantarme, reír y llorar. De ser capaz de fijarme una meta y llegar a ella. De soñar… de VIVIR.

Mierda, justo hoy que estoy hablando sobre mí, me viene a buscar la doctora…

Ahora que se ha ido a su última visita con la doctora, me gustaría explicaros desde fuera como he visto la evolución de mi compañera. Puede que no sea la más indicada porque la conozco desde hace dos meses; que fue cuando yo entré… pero creo que aun así he podido ver un gran cambio. Cuando la vi mi primer día; vi a una chica muy reservada, una chica muy expresiva, cada minuto que me cruzaba con ella me sonreía, sin conocerme de nada me preguntaba cómo estaba que si necesitaba hablar, una chica entregada a los demás, a veces demasiado. Siempre con una sonrisa que transmitía una alegría en ella, que daban ganas de seguir luchando, porque te mostraba que no es imposible salir de esto. Y voy acabando porque ya ha vuelto, y no quiero robarle el protagonismo que se merece, solo quiero decir que gracias por ser como eres, que eres una persona luchadora, divertida, leal, empática… y que te vamos a echar mucho de menos. Siempre te vamos a recordar.

Perdón por el parón! Os sigo contando un poco sobre mí.

Todo empezó cuando era muy pequeña, viví unas situaciones algo complicadas para una niña de esa edad… Me fui forjando en una personalidad insegura, que miraba a los demás creyéndome inferior y que necesitaba satisfacer a todos los que me rodeaban… me sentía sola, vacía y rota… como si me faltara algo.

Se me fueron sumando problemas, vivencias y dolores a los días, y con ellos mi sentimiento de culpa, suciedad, insatisfacción e inferioridad. Me empecé a creer cada una de las críticas destructivas que escuchaba sobre los demás, a pensar que nunca sería nada ni nadie en el mundo.

Empecé, así, con mi TCA hace siete años, acompañado de un estado depresivo muy muy grande. Cada día me iba a dormir deseando no despertar al día siguiente, y me despertaba queriendo desaparecer. Solo quería acabar con todo, dejar de sufrir todo lo que estaba sufriendo, y hacer desaparecer el problema que era yo para los demás. Deje de luchar. Intenté tirar la toalla varías veces y a tontear con actos peligrosos e insanos…

Hasta que llegó el día en que “me vendieron la moto”. Me empezaron a hablar de un centro en el que todo cambiaría. Que me ayudarían a conocerme a mí misma, a dejar de necesitar hacer cada una de las cosas que hacía, a luchar, a saber encontrar una solución cada uno de los problemas que la vida me pusiera por delante… a saber llevarlos. A identificar mis emociones, y saber poner fin a las que no me gustaban. Que me ayudarían a quererme, valorarme y apreciarme como lo merecía.

Así que yo, más motivada que nunca, decidí ir a la entrevista de consultas externas de ITA, donde me recomendaron un ingreso inmediato… no quería ingresar. No quería la ayuda. No quería ningún tipo de atención, intervención o método de mejora… por lo que rechacé el ingreso… y como era mayor de edad, le dije a la psicóloga que los del centro no tenían ni voz ni voto… pero por lo visto, la que no tenía ni voz ni voto era yo. Como era un peligro para mí misma, la confidencialidad desaparecía, por lo que a los dos días ingrese en Argentona.

Las primeras semanas fueron durísimas. Quería irme de aquí… recuerdo repetir un millón de veces “No hace falta que intentéis ser simpáticos conmigo, que me voy mañana mismo”. Fueron pasando los meses, y un poco forzada, iba trabajando cada una de las cosas que me pedían. Fui conociendo algunos de mis valores y a aceptarlos poco a poco. Dejé de necesitar hacer síntoma o las cosas destructivas para mí misma. Empecé a descubrir heridas de mi pasado que no había dejado que cicatrizaran bien… a perdonar, sanar y dejar atrás todo tipo de sufrimiento.

Empecé a sonreírme a mí misma. A levantarme de un salto y afrontar todo tipo de obstáculos que tuviera por delante. A permitirme sentir… fueran las emociones que fueran, pero dándoles la importancia que merecían. A quererme, con mis defectos y con mis virtudes. A seguir adelante…

Evidentemente, aun me quedan cosas por trabajar, aceptar y superar. Pasado que olvidar y perdonar. Cosas que querer de mi físico… pero ya tengo las ganas, la fuerza y la voluntad para afrontarlo y conseguirlo.

Con esto, me despido hoy de esta etapa de mi vida. Una etapa llena de emociones, tristezas, alegrías, ilusiones, decepciones, discusiones, broncas, abrazos y amores. Una etapa que no voy a olvidar nunca. Que no quiero olvidar… porque me ha cambiado por completo.

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Beret – BYE BYE

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