BULLYING

Hoy vamos a hablar sobre un tema bastante sensible… digo que es un tema sensible porque a la gran mayoría de gente nos ha pasado que hemos sido agredidos, vejados y acosados en algún momento.

Hay gente que piensa que esto existe desde siempre y que ahora se le ha puesto el nombre, hay otra que explica que es algo de ahora y que estamos muy “mimados” y que nos quejamos de todo… sea un caso u otro (cada cual es libre de opinar y tener sus opiniones) os voy a contar que es algo que afecta a muchos niños y adolescentes, al punto de que el Ministerio de Educación ha puesto un teléfono de ayuda a las víctimas de Acoso Escolar y que, durante 2017 atendió más de 25.000 llamadas.

Ojalá pudiera explicar cuantas veces me he sentido solo. Ojalá pudiera decirte cuantas veces me han juzgado. O todas esas que he tenido que llorar en silencio. Las veces que he sentido miedo. Que he tenido que agachar la cabeza en los pasillos. Las veces que me han ridiculizado o avergonzado. Todas esas que me he menospreciado por esos apodos o risas. Cuantas me he creído que no iba a llegar a nada, de tanto oírlo… tantas… que he sentido que estaba en un callejón sin salida.

Cada día que pasaba, cada minuto en el colegio, era un infierno.

Todo empezó con una simple chispa. Mis gustos no coincidían con los de mis compañeros de clase. Mi ropa era contraria. Mis hobbies totalmente distintos… y eso parecía molestar. Todo lo que yo hacía “incomodaba”, y era una razón más de risas, insultos y bromas. Como te he dicho, esto era una simple chispa, a la que yo no le daba importancia, incluso me llegué reír con ellos.

Esa chispa se fue transformando en fuego, y ese fuego en un infierno. Insultos, empujones, chantajes, peleas, escupitajos, palizas, risas, acoso, corrillos, fotos… todo.

Explicarlo a los adultos no podía ser una opción… mi mejor amigo, el que acabo siendo mi único amigo, se tuvo que cambiar de cole; porque al avisar a los profesores, los niños le pegaron tal paliza que llamaron a emergencias.

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Y te preguntaras, como hice para acabar con todo esto. Esa misma pregunta me estuve haciendo yo durante esos horribles tres años… y la respuesta no es fácil.

Hay que mirar mucho más allá de un puñetazo o un moratón. El problema es que el “agresor” tiene miedo, y para hacerse el fuerte necesita hacer uso de su fuerza. El “agredido” se siente tan solo, diferente y vacio que no cree que pueda salir de esa situación nunca, que se lo ha buscado.

El miedo se fue apoderando de mí. La rabia, la impotencia… no podía con esa situación… así que llego el día en que, al llegar a casa, empecé a llorar. Pero esta vez no lloraba solo, mi madre me secaba las lágrimas. Le expliqué todo lo que estaba pasando. Le di todo lujo de detalles, nombres y comentarios que me habían llegado hacer. Le enseñé mis heridas… por primera vez en esos tres años tuve la oportunidad de expresar como me hacían sentir, como me creía, como empezó todo.  Ver el cariño de mi madre, sus abrazos, su comprensión… esa fue mi primera y gran ayuda. Fue el empujón que necesitaba para salir adelante. Para ver que merecía ser querido…

Como puedes ver, mi madre tiene súper poderes. Además de madre, es psicóloga y amiga, pero no pienses que compartimos todo. Estuvo dándole muchas vueltas a mi situación y quiso entender cómo se sentía el otro, por qué los demás niños necesitaban hacer lo que hacían. Llamó a una de las madres… mi compañero no estaba pasando lo que viene a ser un camino de rosas. Su situación en casa era bastante complicada, y ese dolor, ese sufrimiento y falta de cariño hizo que necesitara ver que no era débil y que nadie podría con él nunca… necesitaba demostrarlo.

Acabamos los dos pidiendo ayuda a especialistas. Tuvimos la oportunidad de entender lo que hay detrás de cada insulto, broma, risa o comentario. Detrás de cada pelea o de agachar la cabeza. Pude ver como se sentía mi compañero. Pude entender lo que hacía… y eso no tenía nada que ver conmigo. Yo no había hecho nada para merecerlo, no era mi culpa.

Poco a poco, ambos, fuimos aprendiendo a pedir ayuda. A focalizar el malestar de forma correcta. A querernos por lo que somos, no por el valor que nos dan los demás. A dejar las etiquetas a un lado. A mirar mucho más allá de lo que alcanza nuestra vista. A abrir los ojos. A buscar el rayo de luz en la oscuridad. A ser nosotros mismos.

 

Els Catarres – Invencibles

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